BAJO EL MISMO TECHO.

CAP. I 

La luz tenue de la tarde se colaba entre las hojas que se movían levemente a causa del viento otoñal que soplaba esa tarde. Diana se encontraba recostada boca arriba sobre el pasto, observaba las diferentes tonalidades que producían el verde de las hojas y el azul-anaranjado del cielo. Por fin después de varios días de lluvia intensa y de un frío calador, esa tarde había abierto el cielo dejándose colar los rayos del sol, dando un poco de calor a la tierra húmeda.   

Diana momentos antes había estado lavando los platos, esa tarde comió sola. Preparó arroz blanco, frijoles y un pedazo de carne recalentada que sobraba desde hace unos días. No le importaba la soledad, ya estaba acostumbrada. Por último Diana se preparó un café que llenó de su olor toda la casa. 

Mientras hacía sus últimas labores y esperaba a que saliera la bebida de la cafetera, logro visualizar a través de la ventana de la cocina, por encima del lavabo, como el pasto se iluminaba al moverse las nubes. No dudó ni un solo momento, cerro la llave, se secó las manos y tomo el suéter de lana que se encontraba recostado sobre el sillón individual de la sala.  

Abrió la puerta que daba hacía el jardín, cuando aun no se ponía la prenda, y sintió la frescura del campo. Se abrigó, salió y recostó en el mismo lugar en el que se había recostado años antes, cuando apenas era un niña, mientras que cerraba los ojos sintiendo cómo se calentaba su rostro, recordó como llegó a sentirse tan segura, sin preocupación alguna y el gozo que sentía todos los veranos al recorrer descalza el gran jardín de su abuelo.

 Su madre y su padre murieron  cuando ella apenas tenía 10 años y el único que acepto quedarse con ella fue su abuelo, un hombre grande y de carácter fuerte, un General retirado que con frecuencia recordaba con frustración su juventud.

Diana fue llevada a casa del abuelo por una tía lejana que nunca más volvió a ver, esa mañana iba la pequeña niña sentada en la parte de atrás observando las líneas blancas de la carretera, pensaba en muchas cosas, pero mas que nada se encontraba nerviosa porque solamente un vez antes había visto a su abuelo. Sabía que su madre y él no se llevaban muy bien, pero la razón no la conocía.

El día en el que murieron sus padre y en los días consecutivos realmente lloró poco no fue sino hasta tres meses después, un día de Septiembre, que mientras observaba las nubes le pareció ver la figura de una calavera en el cielo, entonces supo, que la muerte había estado cerca de ella, tanto que pudo oler su fétido aliento sobre ella  y se había llevado a lo que más quería en este mundo.

Fue sacada por su tía de un departamento de la Condesa para ser llevada a El Oro, pueblo que sería su hogar hasta los 19 años, edad en la que se separó de su abuelo para ir a estudiar cine a España.

De niña no extrañó mucho la ciudad, hasta pudo hacer más amigos de los que tenía en el DF, y a los 15 años supo lo que era enamorarse y conoció la verdadera amistad.Diana se encontraba ahí, tendida, recostada, descansando, permitiéndose  soñar y recordar momentos pasados. La sonrisa de su abuelo le llegó a la mente, siempre tuvo una buena relación él, algunas veces pelearon y mucho más durante su adolescencia, pero el cariño y la compresión siempre existieron entre ellos, de hecho cuando ella fue a estudiar fuera siempre mantenían contacto y trataba de irle a visitar por lo menos dos veces al año.

Al regresar del extranjero se quedó a vivir en la ciudad de México pero iba a visitar al General cada casi cada mes, y así fue cómo pudo presenciar una vez el trabajo de la muerte, pero esta vez la muerte fue mucho más elabora, más complicada, y no menos dolorosa, pero por lo menos tuvo el tiempo de despedirse de su abuelo, de ir a verlo, de estar con él en tan importante momento de falta de vida. Diana pensaba en su sonrisa, en sus manos pesadas y arrugadas, en su silla de mimbre vacía, en su chaleco de lana que utilizaba cada invierno, en el olor a tabaco… y de repente le vino a la mente una caja, una caja de madera oscura talvez caoba, que raro haber pensado en eso, hace tanto que no veía la caja. Pero recordaba a su abuelo sentado en una esquina del comedor junto a una gran ventana, abriendo la caja cuyo contenido solamente el conocía. Pero ¿Dónde estaba esa caja hoy? ¿Dónde la habría guardado? ¿Estaría aún en la casa? Podría estar en su habitación, o en su estudio, o en algún lugar de la sala, en la terraza no podría estar. ¿Dónde, dónde, dónde…?  Pero más que nada, ¿QUÉ, QUÉ CONTENÍA LA CAJA? La recordaba por fuera, como algo valioso que su abuelo tenía pero nunca vio en su interior.

~ por cachetes en Agosto 21, 2006.

Una respuesta to “BAJO EL MISMO TECHO.”

  1. Por el Blogger day te puse en http://www.realidadnovelada.com

    Saludos!

Escribe un comentario