MIEDO A VOLAR

•diciembre 1, 2007 • 1 comentario

Tengo miedo a volar, y no lo digo metafóricamente, no, realmente tengo miedo a volar. No me gustan los aviones, en un vuelo me pongo ansiosa, nerviosa, y comienzo a imaginar todo lo malo que podría suceder… que se incendie una turbina, que explote de alguna forma el tanque de gasolina, o que se parta el avión a la mitad y yo me que varada en una isla muy al estilo Lost. Sinceramente no sé de dónde viene este miedo, yo creo que porque no me gusta sentir que no tengo yo el control de mi vida y que ésta se encuentra a manos de una persona, que aunque es un profesional, es al fin y al cabo un ser humano que comete errores como cualquier otro. Y, ¿adivinen qué? mañana me subo nuevamente a un avión y se que pasaré por mi temible ritual una vez más y sufriré las consecuencias de mi neurosis… afectaré al pobre que se siente a lado de mi y terminaré por contagiarle mis temores, hasta que llegué el momento en que mi miedo no será nada mas mío, sino será un miedo de dos, un miedo de tres o uno de cuatro o de cinco o de seis o de etc. Pero aun así no será menos miedo el de todos que el miedo que siente uno. 

Silencio

•agosto 31, 2006 • 3 comentarios

El silencio…

Cuando duermo y me despierto a la mitad de la noche el silencio reina en mi cuarto. Le pongo atención al más insignificantes de los sonidos, nunca le había puesto tanta atención a mi respiración y nunca había pensado lo ruidosa que puede ser ésta.

De pronto, unos segundos más tarde, inconcientemente, muevo mi mano que roza con la sábana, me altero un poco porque escucho un ruido y no sé que es, pero después vuelvo a mover mi mano y me doy cuenta que la causa había sido yo desde un principio, me río un poco. 

Me quedo suspendida en mis pensamientos, uno momento en el silencio…

Y de nuevo estoy ahí, conversando con
la Reina de los Gatos en la país de los Azulejos.

BAJO EL MISMO TECHO.

•agosto 21, 2006 • 1 comentario

CAP. I 

La luz tenue de la tarde se colaba entre las hojas que se movían levemente a causa del viento otoñal que soplaba esa tarde. Diana se encontraba recostada boca arriba sobre el pasto, observaba las diferentes tonalidades que producían el verde de las hojas y el azul-anaranjado del cielo. Por fin después de varios días de lluvia intensa y de un frío calador, esa tarde había abierto el cielo dejándose colar los rayos del sol, dando un poco de calor a la tierra húmeda.   

Diana momentos antes había estado lavando los platos, esa tarde comió sola. Preparó arroz blanco, frijoles y un pedazo de carne recalentada que sobraba desde hace unos días. No le importaba la soledad, ya estaba acostumbrada. Por último Diana se preparó un café que llenó de su olor toda la casa. 

Mientras hacía sus últimas labores y esperaba a que saliera la bebida de la cafetera, logro visualizar a través de la ventana de la cocina, por encima del lavabo, como el pasto se iluminaba al moverse las nubes. No dudó ni un solo momento, cerro la llave, se secó las manos y tomo el suéter de lana que se encontraba recostado sobre el sillón individual de la sala.  

Abrió la puerta que daba hacía el jardín, cuando aun no se ponía la prenda, y sintió la frescura del campo. Se abrigó, salió y recostó en el mismo lugar en el que se había recostado años antes, cuando apenas era un niña, mientras que cerraba los ojos sintiendo cómo se calentaba su rostro, recordó como llegó a sentirse tan segura, sin preocupación alguna y el gozo que sentía todos los veranos al recorrer descalza el gran jardín de su abuelo.

 Su madre y su padre murieron  cuando ella apenas tenía 10 años y el único que acepto quedarse con ella fue su abuelo, un hombre grande y de carácter fuerte, un General retirado que con frecuencia recordaba con frustración su juventud.

Diana fue llevada a casa del abuelo por una tía lejana que nunca más volvió a ver, esa mañana iba la pequeña niña sentada en la parte de atrás observando las líneas blancas de la carretera, pensaba en muchas cosas, pero mas que nada se encontraba nerviosa porque solamente un vez antes había visto a su abuelo. Sabía que su madre y él no se llevaban muy bien, pero la razón no la conocía.

El día en el que murieron sus padre y en los días consecutivos realmente lloró poco no fue sino hasta tres meses después, un día de Septiembre, que mientras observaba las nubes le pareció ver la figura de una calavera en el cielo, entonces supo, que la muerte había estado cerca de ella, tanto que pudo oler su fétido aliento sobre ella  y se había llevado a lo que más quería en este mundo.

Fue sacada por su tía de un departamento de la Condesa para ser llevada a El Oro, pueblo que sería su hogar hasta los 19 años, edad en la que se separó de su abuelo para ir a estudiar cine a España.

De niña no extrañó mucho la ciudad, hasta pudo hacer más amigos de los que tenía en el DF, y a los 15 años supo lo que era enamorarse y conoció la verdadera amistad.Diana se encontraba ahí, tendida, recostada, descansando, permitiéndose  soñar y recordar momentos pasados. La sonrisa de su abuelo le llegó a la mente, siempre tuvo una buena relación él, algunas veces pelearon y mucho más durante su adolescencia, pero el cariño y la compresión siempre existieron entre ellos, de hecho cuando ella fue a estudiar fuera siempre mantenían contacto y trataba de irle a visitar por lo menos dos veces al año.

Al regresar del extranjero se quedó a vivir en la ciudad de México pero iba a visitar al General cada casi cada mes, y así fue cómo pudo presenciar una vez el trabajo de la muerte, pero esta vez la muerte fue mucho más elabora, más complicada, y no menos dolorosa, pero por lo menos tuvo el tiempo de despedirse de su abuelo, de ir a verlo, de estar con él en tan importante momento de falta de vida. Diana pensaba en su sonrisa, en sus manos pesadas y arrugadas, en su silla de mimbre vacía, en su chaleco de lana que utilizaba cada invierno, en el olor a tabaco… y de repente le vino a la mente una caja, una caja de madera oscura talvez caoba, que raro haber pensado en eso, hace tanto que no veía la caja. Pero recordaba a su abuelo sentado en una esquina del comedor junto a una gran ventana, abriendo la caja cuyo contenido solamente el conocía. Pero ¿Dónde estaba esa caja hoy? ¿Dónde la habría guardado? ¿Estaría aún en la casa? Podría estar en su habitación, o en su estudio, o en algún lugar de la sala, en la terraza no podría estar. ¿Dónde, dónde, dónde…?  Pero más que nada, ¿QUÉ, QUÉ CONTENÍA LA CAJA? La recordaba por fuera, como algo valioso que su abuelo tenía pero nunca vio en su interior.

En Medio de la Calle

•agosto 18, 2006 • 3 comentarios

Anoche, era una noche como cualquier otra. Salía de mi trabajo, de aquel gran estacionamiento empresarial, deseando más que nada llegar a descansar a mi departamento. En el transcurso del camino decidí desviarme para ir al supermercado, uno de esos abiertos las 24 horas, me hacía falta un poco de fruta, leche, entre otras cosas para el desayuno y cena del siguiente día.

Di vuelta a la izquierda, tomé una calle angosta y desierta, debía de pasar dos cuadras y después doblar hacía la derecha. Todo iba bien mientras pasaba por la primera cuadra, esquivaba con poca habilidad los baches que aparecen en esta época de lluvia.

Al pasar por la esquina escuche un fuerte trueno que provenía del cielo, de pronto toda la calle se ilumino por la luz plateada que emite un relámpago. En un principio me estremecí con el ruido que fue muy intenso, pero en el momento en el que puede ver lo que había más allá de mis narices mi corazón comenzó a latir fuertemente y de un momento a otro pude sentir la manera en que mis músculos se contraían a razón del temor que me ocasionó aquella figura. Seguramente a continuación ustedes pensarán de que tan poca fibra estoy hecha al dejarme impresionar. Era un perro grande, gris oscuro, que se encontraba sentado justamente a la mitad de la calle, me daba la espalda y podía ver su lomo mojado. A pesar de tal estrépito el perro guardó su compostura, tranquilamente volteo su cabeza y sentí como sus grandes ojos amarillos se clavaban en mí.

Al pasar la luz y regresar la oscuridad me quedé quieta adentro de mi auto rojo, los faros del coche iluminaban el asfalto y un poco al gran animal. Decidí, entonces, respirar profundamente, no dejar que todo eso me afectará de la manera que lo estaba haciendo, no es nada fuera de lo común encontrarse con perros callejeros en la ciudad de México y mucho menos por el rumbo donde vivo.

Avance un poco por la calle, el perro volteo la cabeza quitando su vista de mí, pero posteriormente giró todo su cuerpo hacía donde yo estaba, se volvió a sentar y a mirarme fijamente. No, no iba dejar que aquello me intimidará, me considero una mujer fuerte pero más que nada inteligente, escéptica como para creer que eso se encontraba ahí por mí.

Seguía avanzando y al estar lo suficientemente cerca de él, como para ver el vaho que salía de su hocicó abierto, toque el claxon para que se moviera y pudiera yo pasar. Ojala nunca hubiera hecho aquello, su mirada se endureció, pasaron unos segundos sin que nada ocurriera hasta que finalmente se levantó pesadamente y caminó unos cuantos centímetros, lo suficiente para que yo pudiera pasar.

Sin pensarlo dos veces, quité mi pie del freno, metí el cluch y aceleré. Al pasar a un lado del animal no me atreví a verlo, mantuve todo el tiempo mis ojos al frente, pero sentí como su mirada me seguía mientras avanzaba. Giré hacía la derecha, dejándolo a atrás, recuperando la respiración pero sin dejar de pensar él.

Llegué al supermercado e hice mis compras apresuradamente pero sin razón, ya que no había nadie que me esperara en casa. Al subirme a mi coche y emprender mi rumbo, temía por volver a encontrarme algo de esa naturaleza, pero nada paso.

Merendé algo sencillo y livano mientras que veía la televisión. Después de ver la repetición de mi programa favorito me fui a la cama. Mi sueño desde un principio fue intranquilo, dormí un par de horas hasta que, entre sueños, escuche un ruido fuerte. Creí que algo estaba pasando fuera del departamento me levante con frío, vestí una chaqueta que estaba recargada sobre una silla y me asomé por la ventana, no vi nada en un principio, pensé que tal vez todo había sido parte de alguna pesadilla pero en el momento en que cerraba la cortina, logré percibir una figura que se movía debajo de un árbol.

Era el animal, eso con lo que me había topado horas antes, caminaba lentamente dando círculos pequeños, tal parece que estuviera haciendo guardia, esperando algo. Sin pensarlo dos veces cerré la cortina y permanecí unos segundos en el silencio de la noche meditando con miedo todo lo que me había sucedido.

En este momento son las 4:37 de la mañana, no he podido dormir desde hace tres horas y no he parado de mirar por la ventana esperando que el can desaparezca pero no importa que, él siempre sigue ahí, o mirando a mi departamento, o dando pequeñas vueltas, sentado, esperando…

Hace unos momentos pensaba que ya no aguantaba más, pero ahora lo que era miedo, temor, y terror se convirtió en tranquilidad, tranquilidad producida al saber que el animal representa un mal presagio, el cual no se puede evitar por lo que ahora me resigno y espero lo que me deparé el destino.

Sé que no tardará en llegar, escucho sus pasos subir las escaleras, aproximarse a mi puerta y escribo esta carta para que quién la encuentre investigue lo que me ha pasado y conozca de mi terrible final.